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MUNDOTORO

Torero de raza, de orgullo, Cayetano hizo bueno hoy en Sabiote lo bueno que de él se dice. Bajo un diluvio impropio de tierras de secano, se la jugó en el quinto hasta arrancarle un rabo paseado (casi surfeado) a gritos de ‘torero, torero’. Tres y rabo para él de un encierro bien presentado y con opciones de Gregorio Garzón ante el que también triunfó Adrián de Torres, de menos a más. Juan Bautista pinchó el triunfo.

Tuvo, llegada casi la noche, un inmenso mérito lo que Cayetano hizo en el quinto. Comenzó a caer la mundial y con el ruedo convertido en piscina olímpica -no hay drenaje para tal tromba- el torero tiró de amor propio. Ni abrevió ni se alivió. Hasta estatuarios en una labor más que sincera. La gente agradeció su esfuerzo de un modo igualmente sincero: dos orejas y rabo. Antes, Cayetano ya había cortado una oreja al segundo, que perdió su impetu inicial en dos golpes en las tablas. Lució en algunos naturales marca de la casa que no pudieron tener ligazón al venirse a menos el de Garzón.

CULTORO

Cayetano cortó una oreja del segundo de la tarde. Otro ejemplar de calidad, pero que acusó durante la lidia dos golpes que sufrió contra las tablas. Cayetano realizó una faena de muleta muy templada, tanto con la mano derecha como con la izquierda, y buscando siempre detalles de calidad.

Salió el quinto y con el llegó la tormenta, la lluvia abundante y los granizos. Por seguridad propia, cualquier torero se hubiese metido al callejón, y nadie podría reprocharle nada, pero con el público en la andanada Cayetano se entregó. Cogió la muleta, y con el agua por los tobillos se puso delante del toro de Gregorio Garzón para no dejarse nada, ni con la derecha, ni con la izquierda. Mató de una estocada y cortó los máximos trofeos.

DIARIO JAÉN

Cuando toreaba Juan Bautista, el cielo iluminado por los rayos y los truenos pintaba una estampa que evocaba el romanticismo más puro. Era como una poesía de Becquer toreada. En cambio, el idilio duró poco. Cayetano paró al quinto flexionando las rodillas para bajar las manos. Sin embargo, cuando la cuadrilla se disponía a banderillear, la tormenta se erigió en protagonista. Caían gotas como puños. Luego, se levantó un vendaval que hacía que los capotes y las muletas volaran. Y si fuera poco, un manto de granizos que aporreaban. El público corría en busca de las andanadas, mientras que el callejón se quedaba vacío. Había gente refugiada hasta en las caballerizas. Pero Cayetano demostró que el toreo puede con la tormenta. El agua le llegaba por los tobillos y la muleta, en ocasiones, le daba en la cara como si fuera una bandera espoleada por el viento. Entonces, el torero sacó raza. Lo llevó por alto con muletazos con clase y demostró la lluvia no ganaría la tarde. El astado estaba en la arena y la tauromaquia no podía parar. También se echó la muleta a la izquierda en una lidia que se convirtió en una epopeya. Acabó con un espadazo y con las dos orejas y el rabo.

FOTOGRAFÍA: Jesús Delgado (Diario de Jaén)